Johanna Rabbia tiene veintidós años, pero aparenta menos: tal vez catorce o quince. Su cuerpo menudo y su cara infantil contrastan con la firmeza con la que cuestiona la actitud de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días a la que perteneció toda su vida. Decidió denunciar a un obispo, al hombre que abusó sexualmente de ella desde que tenía once años.
Cuando se interna en los recuerdos de las peores épocas de su infancia y adolescencia, retrocede y parece otra vez una nena. La madre de Johanna, una enfermera separada y con seis hijos, llegó a San Nicolás y se unió a la Iglesia. Allí, entre los mormones, encontró respaldo, fortaleza y consuelo para llevar a los suyos adelante. Conoció a Carlos Escalante, obispo, se enamoró y se casó con él en el 2008 por el rito religioso.